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Que al mediodía no viste al niño Y acaso eso fue el miedo? Acaso las ganas insoportables de llorar, y no correr con el viento helado contra la garganta apretada? Ya ves que el sueño se rompe cuando el sol nos quema y los años caen todos al mismo tiempo en el lugar donde esperabas sentada lo de cada día/ de pronto frágil, aturdida como si el mundo/ esta calle/ fuera un cuarto cerrado por un tipo perverso/ un aprendiz de Sade/ un loco que se juega a los dados la alegría ajena un montón de imágenes sin palabras hacen denso el aire donde tu corazón en añicos se rehace, se/te busca paralizado ante el hueco/lo que no sabe cómo lo que golpea en gestos que inventa el amor
dan con un gozo en pleno sorbo del cuerpo ¿del morbo?/ ven sus ojos rojos/ el lecho roto y sus dedos llenos del gesto en que retumban los poros, los pechos, el rostro en medio del beso/ Lo palpable rehuye y, ténue, palpita lejos transita el olvido se burla de ellos ¿y cómo los cuerpos dejan de ser mediodía, y los amarillos de su cuarto ya no iluminan la noche?

cuando aprenda a narrar...

El barrio era frío cuando cruzaron las vías, y varias cuadras después, hasta que entraron al museo. Tarde. Tuvieron que trepar rápido las escaleras para no ser vistos por el cuidador. En la primera sala: el silencio, la madera de oriente, el olor a sándalo en el vientre antiguo. La música tenue, venía de otra parte. Las escenas trágicas crecían, se multiplicaban sobre la madera, sobre los jarrones, en los relojes. Las flores nacían en el agua, las orquídeas se desparramaban por el piso, en las repisas, entre las piedras. Mientras él hablaba, atravesaron la puerta que daba a la sala de la terraza. Ahí estaba ella: con sus ojos agrietados, sus pequeños rodetes a cada lado, llorando sobre el erial las piedras del color de su tristeza. ¿Cómo había llegado hasta allí? Alguien la había llevado, había decidido que su cuerpo cruzaría a tientas la intensidad de esos cuartos. ¿Había pensado, acaso, en la perplejidad? ¿Cómo entender esa tarde? Ella podía convertirse en otro cuadro de la sala, en ...
esta mañana la frazada me tomaba por los hombros escondía mi cabeza y hacía un bollito el cuerpo/ el mundo era un montón de astillas dispuestas en el parque como una muralla/ no estabas en la mañana, ni la música y deseé perderme/estallar como un trueno caer por los bordes hasta algún río menos turbio que este viernes/ mejor dicho: ¿quién se tragó el sol, el misterio?

Mapas

Mensajes amortajando la noche. Un recuerdo: el mapa tatuado en la espalda de todos los hombres. Lo que sólo podemos leer con los ojos de otro: el destino.

La vida secreta de las palabras (I. Coixet)

En el fondo, hay tan pocas cosas. Silencio y palabras. y si vamos juntos a algún lugar? Ahora. Ya mismo.

enero

Por el vidrio que distorsionan las gotas/ aun el mar se mueve como retardando la noche/y la lluvia juega con nosotras/ prófugas de pies/cubiertas de arena o café, olvido, y esa sensación húmeda bajo la ropa, entre los dedos. Entre el vidrio y el cielo todas las gotas que no me mojan, ahora que suena el silbato, que te escribo mientras alguien me increpa en portugués, mientras Lucía llora y se pierde en un París que es sucio, que ella no entiende, que derrama poesía por las calles. Y tristeza. Y todo se parece tanto a extrañarte, a intuir tu pereza de animal descalzo o arroyo, porque es inútil alejarnos de lo que somos como inútil fue negarte, absurdo olvidar tu olor para luego encontrarlo en el aire de esta tarde crecida en la inmensidad o nubes y mar como un todo verde-grisáceo