tan lejos de tocarle los ojos al sur de todo lo palpable y con gricel en los oídos como insistiendo que nunca debí pensar jamás, jamás perderme no debí y aquí estoy, escribiendo en el lugar más equivocado de todos: no a tu lado, ni a tu tiempo. Digo que las palabras me ataron, a la lejitud de tu presente y aunque quiera ser cuerpo ando insomne en la sombra que repite como una burla tu ausencia
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retor sin ironía, ninguna ironía
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es cierto! es cierto! cuando te pesca una retórica pomposa y vacía. Se te hace un mundo dejarla a un lado, porque al tiempo ya no dicen -mira ese tipo, con su palabreo impreciso y pretencioso- con el tiempo la gente se olvida del tipo y sólo repara en las palabras vacías, enormes y despanzurradas. y te dicen ¿y por qué no sólo dices lo que sientes? bellacos! si eso es lo estaba haciendo. en otras noticias: me he vuelto productivo y vertiginosamente racional. Hasta me opuse firmemente a una guerra entre Venezuela, Ecuador y Colombia; estoy listo para tener nietos y doctorarme ¿no merezco felicitación abrazo y eones y eones de besos?
El problema es...
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solía empezar así mis oraciones. Pero con el tiempo, al igual que los manubrios o las gomas, termina uno por desgastarse y dejar las más caras frases en el fondo de la garganta. Allí, o se convierten en conceptos o en sarro, como sea en halitosis. Me leo hasta el punto que acaba de cerrar la anterior oración y me parece que no he cambiado nada. Sin embargo, es incurrir en esperanza. Las palabras siempre dicen mucho menos de lo que realmente le pasa a uno. por ejemplo, yo...