esta mañana la frazada me tomaba por los hombros escondía mi cabeza y hacía un bollito el cuerpo/ el mundo era un montón de astillas dispuestas en el parque como una muralla/ no estabas en la mañana, ni la música y deseé perderme/estallar como un trueno caer por los bordes hasta algún río menos turbio que este viernes/ mejor dicho: ¿quién se tragó el sol, el misterio?
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La vida secreta de las palabras (I. Coixet)
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enero
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Por el vidrio que distorsionan las gotas/ aun el mar se mueve como retardando la noche/y la lluvia juega con nosotras/ prófugas de pies/cubiertas de arena o café, olvido, y esa sensación húmeda bajo la ropa, entre los dedos. Entre el vidrio y el cielo todas las gotas que no me mojan, ahora que suena el silbato, que te escribo mientras alguien me increpa en portugués, mientras Lucía llora y se pierde en un París que es sucio, que ella no entiende, que derrama poesía por las calles. Y tristeza. Y todo se parece tanto a extrañarte, a intuir tu pereza de animal descalzo o arroyo, porque es inútil alejarnos de lo que somos como inútil fue negarte, absurdo olvidar tu olor para luego encontrarlo en el aire de esta tarde crecida en la inmensidad o nubes y mar como un todo verde-grisáceo
La inminente aventura de D'artagnan
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Recuerdo que el gascón recibió de su padre una vieja espada y una carta. De su madre un ungüento que curaba todo lo que fuese adverso al imperio del placer. No las intrigas de nobles avinagrados y de cuyos cuerpos emanaban olores acres. No el viaje road movie de los herretes y la soberbia de corro de niños del duque Buckingham. No los bigotes engrasados y siempre aguzados. No los duelos detrás de los conventos donde los monjes se sumergían en el amor francés para adquirir el mal italiano. No las recámaras que me recordaban al museo de la independencia; polillas, colores tenues y olor a desinfectante. No el asedio de La Rochelle ni el cañoneo a la isla de Ré. No los simplones calvinistas y sus noches de biblia y muros blancos. No que los llamasen hugonotes y tal nombre me recordase ogros torpes, castos y buenos. No que muriese Milady matando, como deben hacerlo los que creen en el siglo. No la seductora coherencia de Richeliu y su oficio de poeta que, sin embargo, debo admitirlo, me e...
Crusoe
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Mi primera visita a la isla de Crusoe fue a los 7 años. Robinson guardaba en su cueva en pequeños frascos la pólvora, el plomo, la tela de las velas que había arrancado al barco agonizante del que había sido arrojado su cuerpo confundido entre barriles ron de madeira, puercos salados y cuentas de vidrio. Ordenó su vida construyendo un fuerte y colgando mosquetes en las troneras. Los loros gritaban en la confusión de la selva y llenaban su memoria de la bulla necesaria para pasar la noche sin pensar demasiado en Dios y su ira vengadora. Robinson anotaba en su diario lo que debe anotar un varón prudente: la frecuencia de las lluvias, la cabra que mató, la certeza de la canícula. Hasta que se le acabó la tinta y se dedicó a sus pensamientos. Y a hablar. Para que el ruido de sus palabras o de sus gruñidos espantase a los gatos y las cabras. Todo en el hombre es industria. Con los años descubrió que sus huesos eran más frágiles y sus rodillas más lentas. Se sentaba en la mesa que había cons...